domingo, 25 de mayo de 2014




Dos monjes y una mujer.


Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo. Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla.

El otro monje estaba furioso.
No dijo nada pero hervía por dentro.
Eso estaba prohibido.
Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Recorrieron varias leguas.
Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:

-Tendré que decírselo al maestro.
Tendré que informar acerca de esto.
Está prohibido.

-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro.

-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el que estaba enojado.

El otro monje se rió y luego dijo:
-Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando...



Y tú… ¿qué cargas?

A veces cargamos con el pasado, la culpa, el resentimiento, etc. Cargamos con tantas cosas, tan grandes y pesadas, que caminamos encorvados, dejando de ver todo lo positivo que hay a nuestro alrededor.

Todos podemos tener una vida mejor. Libérate de las cadenas que te mantienen atrapado. Aprende a soltar, a dejar ir.


El árbol de los problemas.


Había contratado un carpintero para ayudarme a reparar mi vieja granja.
Él acababa de finalizar su primer día de trabajo que había sido muy duro. Su sierra eléctrica se había estropeado lo que le había hecho perder mucho tiempo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.

Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio.
Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Nos dirigíamos a la puerta de su casa y se detuvo brevemente frente a un precioso olivo centenario tocó el tronco con ambas manos.

Al entrar en su casa, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara sonreía plenamente. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. La energía había cambiado completamente. Posteriormente me acompañó hasta el coche.
Cuando pasamos cerca del olivo, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo visto cuando entramos.

- Ese es mi árbol de los problemas, – contestó
- Sé que no puedo evitar tener problemas durante el día como hoy en el trabajo por ejemplo, pero no quiero traer estos problemas a mi casa. Así que cuando llego aquí por la noche cuelgo mis problemas en el árbol. Luego a la mañana cuando salgo de mi casa los recojo otra vez.

- Lo curioso es, – dijo sonriendo – que cuando salgo a la mañana a recoger los problemas del árbol, ni remotamente encuentro tantos como los que recuerdo haber dejado la noche anterior. Maestro: si te centras en el ahora desaparecen todos los problemas.



Y tú, ¿qué haces con tus problemas?
¿Permites que tomen el control de tu vida o eres tú quien lleva el control?

No es fácil colocar a nuestros problemas en un compartimento, donde podremos retomarlos cuando tenemos la tranquilidad y capacidad emocional necesarias para resolverlos adecuadamente. Sin embargo es importante aprender a hacerlo.

Además, cuando nos enfrentamos a ellos, en el lugar y momento adecuados, no sólo podemos verlos de una manera distinta, más objetivamente, sino que podremos encontrar y aplicar su solución con mayor facilidad.



By Bettina Geloni



jueves, 22 de mayo de 2014

Kintsukuroi








Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. 
Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. 
El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. 
El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. 
Kintsukuroi es el término japonés que designa al arte de reparar con laca de oro o plata, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto.
Llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos o nos lastiman.
¡Cuán importante resulta el enmendar! 
Cuánto, también, el entender que los vínculos lastimados y nuestro corazon maltrecho, pueden repararse con los hilos dorados del amor, y volverse más fuertes.
La idea es que cuando algo valioso se quiebra, una gran estrategia a seguir es no ocultar su fragilidad ni su imperfección, y repararlo con algo que haga las veces de oro: fortaleza, servicio, virtud... 
La prueba de la imperfección y la fragilidad, pero también de la resiliencia —la capacidad de recuperarse— son dignas de llevarse en alto.

El Perdón




El perdón es la fuerza sanadora más poderosa del universo, y es la puerta hacia la libertad, pues sólo perdonando a los demás y a ti mismo podrás sentirte libre interiormente.

El perdón proviene del Amor, por eso sólo puedes perdonarte si te amas a ti mismo. Y después de haberte perdonado, sentirás un Amor aún más profundo, el Amor se habrá expandido. Perdonar es el mayor regalo que puedes darte a ti mismo.

A veces tenemos ciertas resistencias a perdonar. Pensamos que si nos perdonamos o perdonamos a alguien, le estaremos quitando importancia a lo sucedido. Pero en realidad no se trata de perdonar lo que uno mismo o el otro hizo. Se trata de perdonar el por qué actuamos de determinado modo.

Si abres tu corazón de verdad a alguien, por ejemplo, y esa persona te engaña y te traiciona, quizás te resulte difícil perdonarle, pues tu mente te dirá que lo que ha hecho es injusto y cruel. Imperdonable. Al fin de cuentas tú le entregaste lo mejor de ti, y le amaste de verdad.
Pero si expresas la ira o el profundo dolor que quizás sientas, y luego meditas acerca de todas las lecciones que esa experiencia te trae y las integras, el perdón llegará de un modo fácil, sin esfuerzo.

No perdonas la traición en sí misma, sino los motivos que le llevaron a esa persona a actuar de aquel modo. Quizás haya sido el miedo a estar vulnerable y abrirse de verdad. O tal vez la persona no se sentía merecedora de tu Amor, pues se sentía culpable de sus “errores” pasados, o simplemente no se amaba a sí misma lo suficiente. Entonces puedes ponerte en su lugar, puedes comprender sus limitaciones, y perdonarle por esas razones se torna más fácil. La persona estaba, sencillamente, asustada y herida.
Entonces guardarás en tu memoria y en el corazón todos aquellos momentos hermosos y mágicos compartidos, y todo lo demás caerá en el olvido por sí mismo.

También irás comprendiendo que los demás son apenas tu espejo. Y cuando el otro actúa de un modo que te hiere de alguna manera, te está mostrando, aún sin ser consciente, algo que debes sanar en ti mismo.

Otra resistencia a perdonar proviene del miedo de que, al hacerlo, uno se vea en la obligación de reconciliarse con el otro. Pero esto no es necesario si no lo sientes, o no es lo adecuado para ti y tu crecimiento.
Recuerda que la función del perdón es liberarte. Te perdonas y perdonas al otro para recuperar la libertad de tu alma. Y por eso mismo el perdón no conlleva ninguna obligación con los demás.
Es importante tener en cuenta que el perdón no es otorgado desde una posición de superioridad. Si lo consideras de este modo, tendrás resistencias para perdonar, porque te sentirás incómodo o inadecuado. O entrarás en una sutil lucha de poder, que es exactamente lo opuesto a lo que el perdón brinda.
En lugar de pedirle perdón a alguien, es mucho más sano y efectivo sentir arrepentimiento, y no culpa, y decirle al otro de un modo sincero y profundo: “Lo siento, lo siento mucho”.

Recuerda que sin perdón no puede haber Amor, ni por los demás ni por ti mismo. El perdón es la mayor fuerza liberadora que existe en todo el universo. Al perdonarte y perdonar al otro, ambos son liberados. Ya están libres, ya sea para seguir con la relación pero de un nuevo modo, o para que cada uno pueda seguir su respectivo camino.
Recuerda que te mereces perdonarte siempre, no importa lo que hayas hecho o haya sucedido. El perdón te conduce al verdadero Amor, al Amor incondicional, al Amor eterno e infinito.




miércoles, 21 de mayo de 2014

Anclajes




Anclajes: 

Es el proceso mediante el cual cualquier representación (interna o externa) se conecta y sirve de inicio a una serie correlativa de representación y reacción.

 Los anclajes pueden producirse de manera espontánea, o establecerse deliberadamente. Un ejemplo de anclaje puede ser cuando una persona muy querida pronuncia nuestro nombre, otro por ejemplo son las personas que estando fuera de su país ven la bandera de su nación, en su cuerpo ocurren una serie de reacciones que causan una seria de actos (por ejemplo llorar porque extrañan el lugar en que nacieron), o sea diríamos que esas personas se anclaron a su pasado cuando vivían en ese lugar y les dio nostalgia por no poder volver


Al evocar una experiencia concreta resucitamos toda la información sensorial captada y almacenada en un momento.
También podemos reconstruir la experiencia en una totalidad a partir de un trazo, de un fragmento de la situación. A esta parte le llamamos “Ancla”.
Por ejemplo, una melodía puede remitirnos al recuerdo de un amor, un olor a la cocina de la abuela o de su madre. Una imagen a un viaje, etc.
Cualquier información sensorial concreta es capaz de servir como ancla para recordar una vivencia.

Es posible establecer un estímulo externo y ligarlo deliberadamente con la experiencia, a fin de resucitar esa experiencia en el momento deseado. Esto se denomina “ANCLAJE” y es una técnica muy usada en Programación Neurolingüística.
Según esta escuela es imposible el no anclaje para el ser humano. Es una programación natural del ser.

La utilidad de este procedimiento en la modificación del comportamiento es obvia porque puede establecerse para movilizar experiencias de éxito en las personas y recurrir a ellas cuando se 
necesitan.
Los fundadores de la PNL consideran que constituye una de las mejores técnicas terapéuticas. 
Las anclas se deben establecer en cualquiera de los sistemas sensoriales pero el kinestésico es el mas sencillo.

El anclaje (presión ejercida en alguna parte del cuerpo) debe estar directamente relacionado 
con la fuerza del estímulo. Se busca a través del recuerdo un momento de excelencia personal o un momento cumbre.

Permiten:

• Acceder a los recursos (sentimientos y estados) que quiera cuando quiero
• Sustituir sentimientos y pensamiento no deseados por otros que elija
• Adquirir el control sobre las emociones
• Influir sobre las respuestas que provoca e oras personas.
• Conectarse con sus recuerdos y con su imaginación como parte del desarrollo personal.

Colapso de Anclajes:

Ejercicio:

Si está enojado con alguien y desea cambiar esos sentimientos puede imaginar el rostro de una 
persona a quien aprecia mucho y colocar la imagen en la mano derecha y en la izquierda el rostro de 
la persona con quien está disgustado.

Entonces mire la imagen de la persona con la que está enojado y luego la de quien le gusta y 
repita las miradas a uno y oro varias veces, cada vez más rápido. 
Luego junte las manos, respire 
profundo y espere uno minutos Ahora piense en la persona con la que sentía malestar, Es probable 
que le resulte indiferente y hasta simpática.

El colapso de anclajes permite cambiar la apreciación acerca de personas, cosas, 
espacios o lugares en pocos minutos.

Ejercicio:

Buscar un compañero y decidir un punto de anclaje. Verificar a partir de la fisiología que no 
tenga anclajes anteriores.

Pedirle que recuerde una situación que contenga una reacción pura de éxito y alegría, donde la 
sensación haya sido cumbre.
 Se le pide que reviva todo ese momento y cuando llega a la mayor 
expresión emocional se aplica el “Ancla”.

Luego en una conversación casual, se toca al pasar el ancla y deberá aparecer la fisiología del 
momento cumbre.


by Bettina Geloni


martes, 6 de agosto de 2013

Animarse a volar.


 ...Y cuando se hizo grande, su padre le dijo: -Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
 -Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre. Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña. -Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo.
 Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
 El hijo dudó. -¿Y si me caigo?
 -Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.
 El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
 Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco? -¿Para qué? -Tu padre está delirando... -¿Qué vas a buscar volando? -¿Por qué no te dejas de pavadas? -Y además, ¿quién necesita?
 Los más lúcidos también sentían miedo: -¿Será cierto? -¿No será peligroso? -¿Por qué no empiezas despacio?
 -En todo casa, prueba tirarte desde una escalera. -...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?

 El joven escuchó el consejo de quienes lo querían. Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó... Desplegó sus alas. Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra. .. Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
 -¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.
 -Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar. Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo. Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.

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 ¿Y tú, a qué le tienes miedo? ¿Qué es lo que te impide lograr lo que deseas? Recuerda que el principal obstáculo para lograr lo que deseamos, es nuestro propio miedo, pero siempre podemos vencerlo. Valiente no es aquel que nunca tiene miedo, sino aquel que actúa a pesar de él.


"Gran parte de los problemas de efectividad y sufrimiento que enfrentamos en el mundo actual (de las organizaciones y en la vida personal) está relacionado con incompetencias que presentamos en la forma de conversar y relacionarnos con otros...Muchas personas sufren por su incapacidad de ser escuchados, por su dificultad para reclamar o su dificultad para reconocer el trabajo de otros."
 Julio Olalla

 Debemos tener en cuenta que muchos de los problemas de las organizaciones son a consecuencia de la pobre comunicación que se tenga.
 La comunicación efectiva es un componente esencial para el éxito de la organización. A través de las palabras pensamos, nos comunicamos, reflexionamos, nos expresamos, opinamos, nos peleamos e incluso nos distanciamos de lo que verdaderamente nos interesa.
Según sea la calidad de comunicación que mantengamos con una persona, dentro de un grupo o en una empresa así será la calidad de la relación que obtendremos. De hecho, si nos detenemos a pensarlo un instante, todas las personas que consiguen un éxito solidó y un respeto duradero (ya sea en el campo laborar, empresarial o familiar) saben comunicar de manera efectiva, aun intuitivamente, sus ideas, propósitos y emociones.


Las emociones tienen una gran importancia y utilidad en nuestras vidas, puesto que nos ayudan a responder a lo que nos sucede y a tomar decisiones, mejoran el recuerdo de sucesos importantes y facilitan nuestras relaciones con los demás. No obstante, también pueden hacernos daño cuando suceden en el momento inapropiado o con la intensidad inapropiada.

Las emociones no solo nos hacen sentir algo, sino que nos suelen empujar a hacer algo (por ejemplo, para dejar de sentir una emoción negativa) y provocan cambios en nuestra fisiología (como aceleración del corazón, sudoración, etc.).
 Cuando sentimos una emoción solemos responder a ella, y esta respuesta hace que cambie la situación, lo que a su vez puede dar lugar a otra emoción y otra respuesta.
 Una discusión entre dos personas puede ser un buen ejemplo de esto: la emoción negativa que sientes cuando alguien te hace un reproche te lleva a responder diciéndole algo que hace que esa persona sienta ira y responda de un modo que genera en ti desprecio y otra respuesta negativa, y así sucesivamente.

sábado, 27 de agosto de 2011


Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó.
Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso - reveló- Un montón de gente. Un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fueguitos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


Eduardo Galeano, El libro de los abrazos


lunes, 8 de agosto de 2011


Un hombre tenía un sembrado con las flores más bellas y fragantes que nadie pudiera conocer. Año tras año ganaba el premio a las flores más grandes y de mejor calidad y como era de esperarse , era la admiración de todos en la región.
Un día se acercó a él un periodista para preguntarle el secreto de su éxito y el hombre contestó:
-- Mi éxito se lo debo a que de cada cultivo saco las mejores semillas y las comparto con mis vecinos, para que ellos también las siembren.
--¿Cómo?-- dijo el periodista-- pero eso es una locura. ¿Por qué comparte su mejor semilla con sus vecinos, si usted participa en el mismo concurso año tras año? ¿Acaso no teme que sus vecinos se hagan famosos como usted y le quiten el prestigio?
--Verá usted señor-- dijo el floricultor--: el viento lleva el polen de las flores de un sembrado a otro. Si mis vecinos cultivaran una semilla de calidad inferior, la polinización cruzada degradaría constantemente la calidad de mis flores. Si deseo cultivar las mejores y más bellas flores, debo ayudar a que mi vecino también lo haga.
Lo mismo ocurre con otras situaciones en nuestra vida. Quienes quieren lograr el éxito, deben ayudar a que sus vecinos también tengan éxito. Quienes decidan vivir bien, deben ayudar a que los demás vivan bien, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y quienes optan por ser felices, deben ayudar a que otros encuentren la felicidad, porque el bienestar de cada uno se halla unido al bienestar de todos los demás. Es necesario compartir nuestras mejores semillas de cualidades y virtudes para obtener una excelente cosecha que se verá reflejada en una mejor sociedad.
Leonardo Wolk. ( el Arte de soplar las brasas en Accion)

lunes, 1 de agosto de 2011




Conversaciones Difíciles




¿Qué son conversaciones difíciles? Bueno, aquellas que por lo general preferimos evitar, las que nos llevan a confrontar temas incómodos, esos que son delicados de hablar.
La conversación difícil no es un objetivo en sí mismo, sino un medio para: llegar a acuerdos, resolver diferencias o conflictos, diseñar estrategias, movilizar puntos de vista, entre otros. De modo que el manejo consciente y asertivo de una conversación difícil produce grandes diferencias en la gestión de un líder y en los resultados que puede obtener un equipo de trabajo.
Este tipo de interacción es complejo, generalmente involucra diferencias en las perspectivas y perturbación emocional, de modo que el diálogo no se da sobre territorio común ni con disposición a la cooperación, sino sobre territorios que deben ser defendidos y percibiendo al otro como el enemigo.

El trabajador llega tarde a la oficina y el supervisor le llama la atención. Ambos tienen razón, aquel conoce las dificultades reales que tuvo para llegar a la hora: deficiencia del transporte público, tráfico, dificultades familiares, desafíos en su entorno o en su propia vida; el supervisor, por otro lado, tiene claridad en que es su responsabilidad mantener a todo el equipo alineado y sabe los costos que puede tener el permitir que un trabajador empiece a llegar tarde con frecuencia. Se entabla una discusión porque aunque el hecho de llegar a la hora está claro, el trabajador requiere mayor comprensión y apoyo ante su situación ya que, después de todo, está dedicando mucho esfuerzo a la empresa y realmente ha enfrentado con valor y tenacidad los desafíos que enfrenta. El supervisor sólo quiere que el trabajador entienda que, bajo ninguna circunstancia, puede repetirse esa conducta.
Esta es una situación sumamente sencilla, pero imaginemos lo compleja que puede hacerse una conversación al respecto, ya que aunque se trata de un hecho específico (llegar a la hora), en realidad ambos están hablando de aspectos diferentes, lo que puede convertirse en dos conversaciones diferentes en donde cada uno lucha por traer al otro a su terreno, sin ceder un centímetro.

Todo ello se multiplica en otros ámbitos: discusiones de pareja, conversaciones sobre dinero, abordaje de diferencias políticas, resolución de distintos enfoques al momento de desarrollar un proyecto. La lista puede ser interminable.
En todas esas situaciones hay un elemento común: No se tiene una sola conversación, sino múltiples conversaciones. Cada interlocutor posee una versión de los hechos y una idea preconcebida de lo que es y lo que debería pasar, está comprometido con su propia perspectiva, de modo que no solamente se trata de la conversación en cuestión, sino que además se involucra el monólogo interior de cada uno, la movilización emocional presente, el compromiso que secretamente cada sujeto ha hecho con su particular versión de los hechos, la presión del entorno, las percepciones que cada uno de los involucrados tiene sobre el otro, etc.

¿Cómo organizar todo este complejo entramado de voces, ideas, emociones, que se involucra en una conversación difícil?



Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen, del Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard proponen un modelo de abordaje. Lo primero que hay que hacer es “distinguir entre las tres conversaciones”, lo que equivale a decir que es indispensable “decodificar la estructura de las conversaciones difíciles”.

Según estos investigadores, en una conversación difícil se llevan a cabo realmente tres conversaciones:
1. La conversación del qué pasó. Este nivel es fácilmente reconocible, porque se trata de los enredos habituales con relación a los hechos, que no siempre son tan fácilmente identificables. ¿Quién dijo qué? ¿En qué tono lo dijo? ¿Con qué intención? ¿En qué fecha se envió cuál comunicación? ¿Estaban todos presentes? ¿Luego quien hizo cuál acción? ¿Quiénes son los responsables de esto?
En esta primera conversación hay además muchas inferencias, realizadas según la perspectiva de cada involucrado, quienes además, individualmente, están convencidos de tener la verdad.

2. La conversación de los sentimientos. Generalmente no se expresan directamente en una conversación difícil, sino que aparecen camuflados en diversas formas. En situaciones complejas que requieren interacciones desafiantes nos movemos, generalmente, en dos extremos: u ocultamos nuestras emociones (aunque siempre se cuelan en nuestro lenguaje no verbal o en comentarios innecesarios como juicios), o explotamos y los manifestamos amplificados y sin control. Cuando intentamos esconderlos, se da esa segunda conversación que no es la explícita o evidente.

3. La conversación de la identidad. Esta es otra característica de las conversaciones difíciles, que nos sentimos comprometidos a tal punto con aquello que se discute, que una parte de nosotros percibe que se está jugando su identidad: ¿seré buen o mal jefe? ¿Cómo trabajador voy a ser tildado como eficiente o ineficiente? ¡Está en juego mi trabajo y mi reputación! ¿Soy un mal esposo? ¿Soy un hijo desconsiderado? ¿Estoy loca como madre?
Este monólogo interno, en el cual se pone en juego nuestra identidad, aumenta la dificultad y complejidad del diálogo con el o los otros.
Todos podemos reconocer estos tres niveles de comunicación en nuestras conversaciones difíciles, así que visto de este modo podemos imaginar lo retador que puede ser lograr buenos resultados en estas interacciones y, sin embargo, es indispensable que aprendamos a manejarlas para el fluir de nuestra vida personal, nuestro desarrollo profesional y el desenvolvimiento adecuado de cualquier proceso de negociación en el cual nos veamos involucrados.
Lo primero que habría que hacer entonces es distinguir estas tres conversaciones, sus sutilezas, para trabajar en la eliminación del ruido que ello produce.
Esto pasa por:



- Suspender la presunción de verdad y los prejuicios.

Generalmente creemos tener la razón cuando entramos en este tipo de conversaciones. Sabemos lo que vimos, lo que escuchamos y hemos realizado un análisis adecuado de los hechos, de modo que tenemos claro lo que está pasando. Todavía más, como lo hemos pensado bien, también sabemos lo que los otros estaban tratando de hacer, es decir, conocemos sus intenciones mejor que ellos. Esto es contraproducente, porque entramos en estas conversaciones no para escuchar o intercambiar información y opiniones, sino para hacer valer nuestra perspectiva y ganar la batalla.

La opción sería abrirnos a otros puntos de vista y verificar nuestras inferencias, lo que equivale a asumir, desde el inicio, que podemos estar equivocados.

- Reconocer nuestras emociones y ponerlas en su lugar.

Las emociones están dentro de nosotros y sostienen nuestras comunicaciones, son la vía real para conectarnos con lo que está pasando y los involucrados en nuestra conversación. Esa energía puede servirnos para avalar nuestra experiencias: “yo me he sentido incómodo con esta situación y por eso quiero que lo hablemos, para que conozcas mi punto de vista y yo poder escuchar lo que a ti te sucede”; o para atacar a los demás: “tú me has hecho sentir muy incómodo ¿lo haces para molestarme? ¡Dime!”

El lugar de las emociones es dentro de nosotros mismos, es decir que tienen un altísimo valor para el fluir de una conversación. Pero si lo convertimos en una bola de fuego que lanzamos en la cara de nuestro interlocutor, seguramente recibiremos de vuelta una avalancha.
Tampoco negarlas o reprimirlas es buena idea, porque entonces se crea un efecto de “olla de presión” y lo que se escape puede ser una desagradable sorpresa en el desarrollo de la conversación difícil.

- No jugar a “todo o nada” en cuanto a mi identidad.

Lo siguiente que se hace imprescindible es separar el hecho específico de esa conversación difícil y lo que ella implica, de nuestra identidad. Habría que trabajar en tomar conciencia sobre el impacto que ese diálogo está teniendo sobre mi autoestima, sobre mi imagen, y reconocer aquellas áreas de duda sobre mí mismo que estoy involucrando en la interacción, sin que ello necesariamente esté en juego o venga al caso.
Generalmente me pregunto ¿de qué se trata esta conversación? ¿Cuál es el punto aquí? Y así evitar aquellos juegos donde una pareja puede discutir de la limpieza del hogar sin que se trate de una lucha de poder, o un trabajador puede solicitar un aumento sin dudar de su honradez, o puede recibir observaciones de un proyecto sin que sienta que está siendo juzgada su capacidad creativa o su eficiencia.



A partir de estos elementos, el trabajo es abrirnos e invitar al otro al mismo proceso. Mantenernos equilibrados es la tarea constante, enfocarnos en el objetivo concreto de esa conversación y dar espacio para que se dé una verdadera interacción, un real intercambio donde sean valoradas las diferentes perspectivas, escuchadas las percepciones y opiniones, en la búsqueda de la comprensión.

Generalmente entramos en conversaciones difíciles porque hay algo importante y significativo para todos los involucrados, si encontramos ese elemento común, será más fácil llegar a un resultado positivo y constructivo.


Sobre este tema que tiene como base la revisión de este libro, que les recomiendo: NEGOCIACIÓN: Una orientación para enfrentar Conversaciones Difíciles. De Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen (Proyecto de Negociación de la Universidad de Harvard). Grupo Editorial Norma. Colombia, 2008.